Saturday, July 11, 2009

La abstracción de la nostalgia

Hay momentos donde pareciera que la profundidad del estado incondicional de la tristeza tuviera una profundidad inmensurable... quizá tan abismal como la eternidad misma.
Pero todo ello no son más que sensaciones que evoca a veces la misma melancolía, en fragmentos de nostalgia...

Quizá exageraciones

Buenas noches



La abstracción de la nostalgia


Existe un estado más allá del cual nuestros ojos no prescinden. La materia es etérea, y los pensamientos convergen en pequeños cúmulos de sensaciones que son letargos: se enganchan en paredes que no se perciben, y todo se ancla en la profundidad de una memoria, un recuerdo. Por un momento, el tiempo se detiene, el espacio se estanca y los sentidos se difuminan en el sopor de lo ancestral...
Pero en ese estado, tanto el tiempo como el espacio desaparecen poco a poco como si nunca hubiesen existido, y sin embargo la resonancia que tienen perdura en una memoria casi inolvidable.

Por momentos un escalofrío recorre la columna, provocando un estremecimiento que culmina en el éxtasis de un silencio profundo, casi tangible. Todo trasncurre a la par de nuestros párpados que oscilan para ver nada, y a la vez todo.

En un momento todas las experiencias quedan reducidas a su sustancia original, a su mera esencia: nada de las imágenes o sonidos se compara con lo que realmente llevan adentro, y todo se revuelve hasta provocar una catarsis que consume todo alrededor... Se pierde la noción de pertenecer mientras, poco a poco, se nubla el ambiente.

Hay cristales que se rompen sin hacer estruendo, salvo aquel que pertenece a las incrustaciones de sus fragmentos. Dentro de ellos nos vemos reflejados como en un espejo, pero vacíos, carentes de cualquier emoción (la cual queda inmersa en el interior de los fragmentos cristalinos, que poco a poco borran nuestro rostro transparente al traspasar las fibras escandalosas de nuestros cuerpos, manchándolos de sangre...)

Luego viene la marea y con ello la confusión de pertenecer o no... Y al momento de levantar la vista, ya no hay cielo, sino la oposición a la gama de luz que absorbe sus texturas... la luz desaparece siendo tragada por algo que resultaría difícil de ver y comprender, y sin embargo es la proyección etérea e incorpórea de todos los temores y estados que se desconocen en nuestra conciencia...

Pero nada parece haber transmutado del todo. O por lo menos, la apariencia sigue intacta. Por dentro, es un holocausto torrencial que se descompone y rompe a cada momento. Y todo se destruye, abriendo paso a espacios amplios donde se puede cultivar un poco de esperanza. Y el trabajo comienza cuando habrá de recogerse lo que no sirva... o lo que esté muerto.

Por dentro hay voces que susurran y aclaman que el cielo se rompa a pedazos. Comienza a llover y se humedecen las sensaciones. Todo queda reducido a espamos que se ahogan dentro de un cuerpo cuya única salida es explotar para devoler los fragmentos de cristal incrustados en la piel cercenada...

Entonces llueve un poco de sangre. Y llueve por dentro al romperse la textura de la cordura y la sensibilidad.

Se ha infringido a un espacio que no tiene forma ni sentido, y sin embargo, duele el haber traspasado ahí.

Se dislocan los sentidos.
Y uno tendido sobre el fango de la lluvia...

Sobre los cristales que, poco a poco, se van hundiendo de nuevo en la materia blanda llamada cuerpo...
Llamada alma...
Llamada esencia...

La cordura se disloca, y comienza la tormenta...


Autor: Diego Alan Vilchis Rocha.

Tuesday, April 28, 2009

El umbral

Tiempo sin estar aquí...

Al final del camino caemos en el fondo de la conciencia... el camino al umbral de nuestro ser. Buenas noches.



El umbral


En las paredes aparecen rostros desfigurados; se fragmentan entre las grietas del concreto viejo y enmohecido. Sus ojos son la perdición que delira ante la inconsciencia y parece que gritan. Escucho sus voces. Me hablan, y cuando sus palabras cruzan mis oídos el sopor se apodera de mí. Les veo salir como arpías escondidas, como carroña despilfarrándose. Me miran a través del delicado velo que el sueño construye en mi mente. Me pierdo entre sombras, y ellos, esos rostros desfigurados, juegan con mi alma que trata de escaparse. Me seducen mientras afuera la ciudad se hunde en el silencio de una noche sepulcral. Siento que me hundo, que me pierdo en la negrura de la ciudad. No es la noche, sino la oscuridad de una mente decadente que me ha atrapado en este lugar cuyo nombre es aún incomprensible para la razón, porque aquí la razón no existe; sólo existen sus voces, sus gemidos que encadenan mi conciencia en el olvido. Sólo existen sus rostros deformes que salen de las paredes agrietadas que truenan y caen en pedazos. El cielo se cae en pedazos. Todo a mi alrededor se parte como las paredes, y ellos se parten en gritos, en graznidos, en palabras que hablan como animales moribundos y lastimados…El espejo se rompe, y con él, mi rostro que se pierde entre las sombras…


Autor: Diego Alan Vilchis Rocha

Wednesday, July 23, 2008

La penumbra

Tiempo sin estar acá, si es que alguien se ha paseado por estos rumbos deshabitados. A quienes lo hayan hecho, gracias.

La imaginación es cóncava y convexa, y a veces bilateral cuando emerge de la penumbra el pensamiento decadente. Todo ello culmina en voces que se apagan... gritando.

Registro en trámite.

Buenas noches.



La penumbra

A veces el aire trae un clamor distinto al acostumbrado. Llama desde las profundidades de un lugar recóndito donde yacen rostros sin nombres, enterrados en un cementerio de nombres incoherentes. Una vez perdido bajo el manto de la luna empedernida se puede ver el claro que se abre hacia la incertidumbre; ahí, en medio de la inmundicia, los niños tomaban sus manos ensangrentadas y se limpiaban las lágrimas. Muchos de ellos morían exhalando su último suspiro congelado por la brisa de la desgracia. Todos ellos se difuminaban, y sus rostros perecían, se pudrían y eran polvo. Sus ojos rodaban como canicas cayendo en un foso donde las lágrimas eran de cristal.

De vez en cuando se puede escuchar a lo lejos el llanto de los perdidos. Pero cuando se está frente a la incertidumbre, en la taciturnidad de la tarde ubicua, uno se deja caer ante las cruces de tumbas cuyos habitantes se han marchado desde hace mucho tiempo. Los fantasmas presentes son sombras efímeras que cuelgan de los árboles, alimentándose de los recuerdos de quienes lloran bajo la lluvia. Los mausoleos no son sino ciudades perdidas. Todos han decidido jugar una mala broma, y abandonaron su sepulcro. Quizá esperan que en algún momento alguien prenda una vela en su memoria, como prender en la choza helada el fuego de la chimenea. Pero sólo sopla el viento helado.

Debajo de la colina, donde las almas se suicidan rebanando su lengua y sus brazos, existe un paraje triste lleno de aves muertas y moribundas colgando de cruces. Graznan y se revuelcan; otras guardan silencio. Sus plumas se desprenden y adornan cadáveres que asoman su cabeza sobre la tierra. Si uno se atreviese a mirarles a los ojos, entendería su pena disfrazada de gusanos comiendo carroña, sentándose a platicar con ellos para darse cuenta que miran hacia arriba y hacia abajo, y otros se miran a sí mismos. Son dementes y no prestan atención a las palabras. Pero si el corazón se destroza y revienta en fragmentos, la tierra tiembla y ellos lloran. Entonces vuelve a llover.

Y en el final de aquel sendero se puede ver cubierto entre árboles el exilio de un lago vacío. La lluvia que se drena como sangre entre la tierra que la reclama se deposita ahí, y se evapora, y vuelve a caer. Las plegarias quedan encerradas en el cúmulo de un suspiro, y todo vuelve a la tierra que se humedece con rezos. El cielo se hace pedazos. El lago se llena y uno puede ver su rostro reflejado en el agua impura. Poco a poco se impacienta la tormenta y truena. Todos los lamentos son rostros en catarsis y pánico que toman la forma de hombres. Y estos hombres, engendros bastardos, caminan en círculos hasta desaparecer en una memoria perdida y gastada por la desgracia. Cantan en silencio, escuchan sus ruidos impertinentes, y después, formándose del fango del lago, esconden sus caras para que se integren a la tierra que les destroza hasta hacerlos sangrar. Y la sangre se drena como el agua de la lluvia que cae. Y todo, mezclado en la amargura de la tierra negra, se queda enterrado en el lodo.

Pronto a ceder ante las impertinencias de los paisajes de hojas secas y árboles inertes donde de sus ramajes cuelgan muertos, se puede apreciar la mañana que anuncia el inicio de un suplicio. Es, o parece ser, el comienzo de la melancolía que se manifiesta como el claro de un amanecer gris. La niebla entrelaza una línea que dista de ser imaginaria, y entonces todas las memorias quedan atrapadas en el llano, ahogándose con el sol que no quema y que se limita a ocultarse detrás de las nubes grises.

Al final, en el claro que permiten ver esos arbustos verdes, uno encontraría su rostro enterrado, su nombre desbaratado entre las rocas frías, su cuerpo mutilado por las raíces de un tosco árbol; se encontraría uno a sí mismo arraigado en posición fetal a una cruz de madera enmohecida y podrida.

Debajo de aquel desperdicio inmundo, estarían escritas las memorias con fotografías de uno mismo. Serían retratos incinerados por la agonía y el tiempo prolongado.

Es ahí cuando uno puede sentarse y esperar. Mientras, las sombras llegan y carcomen lo que todavía existe. Uno podría cerrar los ojos y sentirse dentro del umbral de la soledad. De la incertidumbre.

Un eco resonaría y se dispersaría. Se apagaría lenta y tortuosamente.

Se habría consumido en la eternidad de la penumbra.


Autor: Diego Alan Vilchis Rocha

Thursday, November 01, 2007

La tinta

Alusivo al Día de Muertos, festividad por demás que es emblema de nuestras tradiciones.
Estos días son para respirar el humo del copal, las flores eternas de cempasúchil, y sobre todo, vislumbrar a la muerte sonriéndonos siempre desde su figura de papel maché.
Gracias por leer.
Buenas tardes


La tinta

I

Los árboles se mecían suavemente a los costados del viejo sendero que conducía al pueblo. Eran los susurros del viento helado que propiciaban la nocturna providencia para dejarla ver, en su plenitud, solitaria y silenciosa, mientras los pequeños animales se escabullían en la tierra o entre los mismos arbustos. A lo lejos del monte boscoso se podía percibir un leve destello de luces que, mirándolas desde lo alto del cerro, parecían varias veladoras esperando el augurio de los muertos. Y no era para menos; comenzaba a sentirse aquel frío de la llegada de invierno que, según las raíces de estos lugares, marcaba la llegada de las almas, la llegada de aquellos cuyas voluntades se difuminaron en la oscuridad. El pueblo se percibía sin mayor atención; pero una vez llegando a cierta distancia, se escuchaba el canto y la música alegre, un poco burlona, que incitaba a los viajeros a quedarse durante el Trayecto de los Muertos. El pueblo era bien conocido en los alrededores, y si bien distaba de muchos otros lugares poblados, era apreciado por la festividad que organizaba en torno a sus difuntos. Especialmente por las distinguidas ofrendas que eran hermosas y llamativas, muchas de ellas originales y con auténtica representación sarcástica y alegre de la muerte. Todas ellas eran una oda y representación de los muertos: figuraban principalmente los escenarios adornados con flores de cempasúchil y veladoras que iluminaban las calaveras de azúcar, los panes de muerto y las frutas que colgaban como símbolo especial para distinguirse de las otras que existían. No había concurso que exigiera tal festividad; era el emblema de un pueblo que se expresaba para hacer notar su profundo respeto hacia lo inevitable.
En varias ocasiones se habían visto representaciones teatrales improvisadas sobre los muertos; las leyendas que se contaban en el pueblo tomaban forma humana y cálida que era la misma faceta de las calaveras andantes, los muertos y almas en pena que buscaban el descanso eterno, y algunas parodias sobre los vecinos que habitaban ahí. Sin embargo, ninguna ofrenda ofrecida a la muerte era tan reconocida en el pueblo como las calaveras de papel maché de Don Felipe González, cuyo trabajo artístico impresionaba a todo aquel que lo observase. Don Felipe llegó a vivir al pueblo desde hacía mucho tiempo. Pocos sabían realmente sobre su pasado, y muchos de ellos preferían no indagar en el. Siempre se caracterizó por ser un hombre muy reservado, no irrespetuoso y dedicado completamente al arte que, poco a poco, fue enriqueciendo con las costumbres del pueblo y su ferviente atracción por el día de muertos. Sus calaveras no eran cualquier cosa; representaba, de forma burlona, distintas situaciones que exponía en el patio de su casa. Eran calaveras de tamaño natural, hechas perfectamente y colocadas de tal forma que representaran una escena particular de la vida pueblerina. Una de ellas, la última que había presentado en la exposición, dejaba ver la tortura satírica de una mujer muerta por su esposo; la escena, si bien era contemplada, causaba cierta gracia al momento de observarle. Pero había algo en aquellas calaveras que daba la impresión no sólo de burla, sino también de una vaga incertidumbre sobre la misma muerte. Algo cuyo entendimiento causaba, en cierta forma, un pequeño temor. Aquellas reflexiones eran inevitables cuando se apreciaba la labor de Don Felipe, cuyo reconocimiento llegó a tales lugares que llamó rápidamente la atención de los extranjeros que circundaban el pueblo sin haberlo notado. Pronto, en cuestión de tiempo, la fama de Don Felipe era tal que la gente que pasaba por ahí no se iba sin ver el trabajo fantástico de sus calaveras de papel maché. Era una semana de apreciar durante la noche la labor de un hombre apegado a sus raíces. O por lo menos así lo hacía ver.

El frío marcaba la pauta de la Semana de los Muertos. La luna del decadente Octubre moría una vez más para dejar pasar al alma fallecida del preámbulo Noviembre y sus puertas al inframundo. Los pobladores de aquel lugar peculiar comenzaban a organizarse para la fiesta que sería, como cada año, una atracción inigualable. Entre toda la gente juntaba el dinero que tenía y lo disponía para las tarimas, los dulces, los tamales, las flores, la fruta, y todo aquello que era por demás conocido. El que nunca figuró con su presencia era, por supuesto, Don Felipe. Al señor siempre se le había visto solitario y trabajar sigiloso durante la noche. Era impresionante cuando, al día siguiente, dejaba secar sus calaveras y los niños rodeaban la reja de su patio para verlos y sorprenderse. En una ocasión, una niña fijó su mirada en los ojos de esas calaveras. Nadie, hasta la fecha, se había explicado por qué echó a correr hacia su casa, llorando porque sentía que la calavera tenía algo de feo que le daba miedo. Desde aquel entonces, aunque muy respetado, Don Felipe pocas veces era invitado a las reuniones vecinales, a menos que fueran de vital importancia. Y esto parecía importarle poco a él; se conformaba con presentar alegre su colección de hermosuras expuestas como obra artesanal. La gente del pueblo a veces rumoreaba el por qué de la impresión que causaban aquellas figuras; unos decían que era la imprescindible muestra de un artesano de calidad; otros, que su dudosa actividad nocturna podía ser indicio de una compra o plagio de algún otro señor; y los más asustados pensaban que llamaba a los muertos y los plasmaba en sus obras. Lo cierto es que su figura nunca pasó desapercibida.

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II

La Semana de los Muertos comenzó. El carnaval de máscaras de la “flaca” comenzaba con sonoros tambores que alegraban la noche helada. Los niños tronaban cohetes en las calles y los perros ladraban mientras los señores bailaban en la plaza pública con máscaras de la Catrina. Un citadino contempló con cierta fascinación todo aquello que inundaba al pueblo: su devoción por la muerte. Colgaban de las paredes grabados en papel picado que dejaban ver la visión que tenía cada uno sobre sus muertos, y en las ventanas se percibían las veladoras prendidas que iluminaban la ofrenda. Daniel, que venía de la ciudad, conservaba ciertas costumbres que le habían inculcado sus padres sobre la tradición de los muertos; pero en cierto momento los extranjeros vendieron sus costumbres para que poco a poco fuesen ocupando el lugar de las raíces, haciendo que se pudrieran. Por eso había determinado asistir a tan presuntuoso lugar que ofrecía una velada agradable. Caminaba con gusto admirando los detalles que cada uno de los pueblerinos impregnaba con su simpatía en las calles, tomando café para calmar el frío. Una conversación distrajo su atención.

- Yo no sé mucho – dijo el hombre – pero ese señor me saca de quicio.

- A mi no tanto; al contrario, me cae rebien.

- Pero es que no sé… Como que a veces da miedo, ¿no crees?

- Pues lo que da miedo son sus calaveras, Toño. El señor sólo se expresa así…

Entre aquella conversación, algo acaparó su atención. La multitud reía y se divertía, y a pesar de que la muerte era un fenómeno que causaba pesar, lo tomaban con singular sentimiento. Pero no había escuchado, en aquellas horas que había pasado, algo tan interesante como el miedo a algo o alguien. Su afán por descubrir su plática le obligó a interrumpir.

- Disculpe – dijo Daniel – Vengo de la ciudad, y me agrada mucho lo que hay aquí. Pero en este rato que llevo, no había escuchado algo sobre aparecidos o de miedo.

- No, señor – dijo el hombre – no hay ningún aparecido; hablábamos de las calaveras de papel maché de Don Felipe González.

- ¿Quién? - Aquel señor que está sentado, donde hay mucha gente.

Daniel fijó su mirada hacia la multitud. Hasta ahora no había percibido que la gente se congregara en un solo lugar, y esto le ocasionó una perspectiva interesante sobre las costumbres del pueblo.

Vio que la reja del patio estaba abierta, que la gente se dispersaba con curiosidad y que miraban atentos, casi sin ningún ruido, las fenomenales calaveras que se erguían en todo el patio. Con mucha curiosidad entró al mismo a comprobar lo que aquellos hombres discutían; al principio, parecía distar mucho de lo que hablaban. Daniel quedó fascinado con aquellas sátiras de la vida y la misma muerte. Las calaveras, inertes y que figuraban entre la misma gente como si de verdad fuesen muertos vivientes, le parecían completamente atractivas. Contempló con cierto afán el telón principal, que representaba a un revolucionario cantando frente a una fosa donde una “adelita” quedaba suspirando por las canciones. No había sonoridad en el escenario; era la misma impresión de presenciar una obra peculiar. Sin embargo, le prestó atención a los ojos del muerto zapatista que sostenía la guitarra. Fue la primera vez que Daniel percibió algo extraño dentro de todo ese teatro improvisado. Los ojos del mismo muerto eran de un color oscuro particular. El negro no era la totalidad de la tinta que se usó en aquellas impresiones; era, más bien, la tonalidad oscurísima de un rojo, cuyo trasfondo provocaba un sentimiento de austeridad. De vaga incertidumbre

III

Habiendo contemplado lo suficiente aquella noche, Daniel volvió a la realidad cuando un cohete explotó cerca de la casa, haciendo un enorme estruendo. Se distrajo y observó con detenimiento los adornos que el mismo Don Felipe le hacía a su jardín. Se orientó hacia el señor que estaba sentado, quien era el autor de tales obras. Caminó con cierta impaciencia hasta quedar frente a él.

- Buenas noches – saludó el citadino – Usted es Don Felipe González, ¿no es así?

El señor levantó su mirada hacia él. Daniel le contempló con curiosidad a través de aquellos ojos café y oscuros; sus arrugas morenas denotaban el paso de los años a través de su cuerpo; las canas poblaban sus cejas y cabello que se escondía debajo de un sombrero grande. Extendió su mano, que era fuerte, hacia el joven, hablándole con voz grave y segura.

- Ese mismo – respondió- ¿En qué puedo ayudarle?

- No se preocupe, Don Felipe. Soy de la ciudad. Es la primera vez que vengo a contemplar la fiesta que hacen aquí a los muertos, y la verdad es que es muy bella.

- En efecto – dijo serio.

- Pero en mi vida había escuchado acerca de un trabajo artesanal tan interesante como el que usted presenta. No es que no haya visto calaveras de papel maché; pero usted las hace magníficas.

- No las llamaría magnificas – dijo en tono, más que cordial y humilde, un poco severo – Yo diría más bien que son reales.

- Eso mismo las hace ser magníficas – alabó el joven.

- No. Son reales. Lo magnífico de ello, si es que existe algo magnífico para mí, sería el trabajo de cómo se elaboran.

Daniel se interesó mucho en este punto. Hasta ahora, después de alabar tanto la obra del señor, no se había preguntado por el proceso de su trabajo. Quizá, se dijo, eso podría explicar lo del color particular, que era único y jamás había visto en alguna pintura u obra semejante.

- Cierto – dijo - Y por cierto, ¿cómo es que las trabaja? Me resulta muy curioso. Usted sabe, no conozco mucho el trabajo artesanal del pueblo.

Don Felipe contempló al muchacho con severidad.

- Eso, muchacho, prefiero reservármelo para mí. Es mejor que termines de verlas. Mañana habrá otras montadas, por si te interesan. En unas dos horas meto mis “tiliches” y cierro la puerta de mi patio.

- Oiga, pero realmente me interesaría saber cómo las hace.

- ¿Pues que no las ves? – replicó con un tono que se asemejaba a lo agresivo.

- Disculpe mi imprudencia, pues – se excusó el joven. – Sé que son de papel maché y de tinta. Pero hay algo especial en ellas… Los ojos de aquella, por ejemplo – señaló al revolucionario de la guitarra – tiene unos ojos peculiares. Esa tinta no la había visto por aquí

- Ni la verás en otra parte. Yo la hago.

- ¿En serio? Vaya. Si no es mucha imprudencia de mi parte, ¿cree que algún día pueda decirme cómo la hace?

Don Felipe, al contrario de parecer molesto, sonrió en forma burlona.

- Algún día – dijo.- Algún día te enseñaré cómo la hago.

IV

Daniel se había quedado en el pueblo a observar el carnaval completo de la semana entera. Su encuentro casual con Don Felipe no le hizo perder el ímpetu de comprobar cómo hacía sus artesanías. Sí, era cierto: Don Felipe era arrogante y serio, pero ciertamente le había causado la curiosidad que puso en dilema a aquellos hombres del pueblo que discutían sobre sus “tiliches.” Se proponía, pues el señor se lo había prometido, a convencerlo en totalidad de que le permitiese observar el procedimiento de la tinta que adornaba a las calaveras, que si eran fantásticas así, era la pintura la que les hacía verse diferentes a las otras que había visto. No era el color, que también era un color curioso; era la impresión que daba observar aquel tono. Como si embargara parte del alma hasta hacerla estremecer, sin saber por qué. Tomó sus cosas y salió a caminar en aquella tarde, antes del comienzo del carnaval de aquella noche.

Cayendo el último rayo de sol, sonaron las campanadas de la Iglesia. El sermón duró una hora, la que se acostumbraba, y el padre dio inaugurado un nuevo día para la fiesta de muertos. Sonaba danzón mientras tocaba un grupo de personas vestidas de terciopelo que, pintadas a modo de esqueletos, hacían bailar a los disfrazados, los cuales gozaban con la música rítmica. La banda había sido traída de un lugar aledaño, y causó buena impresión por lo bien que tocaban. Afuera, los niños seguían jugando en la explanada del centro del pueblo, comiendo pan de muerto y celebrando a sus difuntos para que también convivieran. El dilema de que los muertos entierran a sus muertos, ya que los vivos los recuerdan, haciéndoles vivir. El citadino caminaba un poco presuroso por las calles. A pesar de que la fiesta lo animaba, tenía otro objeto en mente. Se acercó por donde había pasado la noche anterior, y como esperando algo normal, observó a la gente que estaba amontonada dentro del patio de Don Felipe. Esta vez, al momento de entrar, percibió las figuras y notó que eran diferentes. La escena del telón representaba a una “magdalena” llorando frente a una tumba donde el muerto le veía las enaguas. Casi todos sonreían cada vez que leían “La muerte es una puta caliente”. Daniel no fue la excepción, y soltó una leve carcajada cuando leyó el mensaje. Finalmente, como la vez anterior, encontró a don Felipe sentado en la misma silla que se colocaba frente al telón. Esta vez, al acercarse, fue el señor quien habló primero

- El telón representa a las que se me hacen más chistosas, y las que son peculiares. De plano, aquellas que se me hacen parodias.

- No cabe duda que es usted un gran artista – le dijo el joven.

- Vienes a verlas, ¿no es cierto?

- Sí, señor, así es. Creo que es lo más llamativo de la fiesta.

- No lo sé – dijo, sonriendo – Pregúntale a la gente que manosea mis calacas.

Un niño que estaba cerca escuchó el comentario, que le cayó como una pedrada, y se alejó de ahí. Don Felipe miró a Daniel con un aire serio.

- No soy tonto, muchacho. Dime algo. ¿Eres necio, verdad?

- ¿Por qué lo pregunta?

- A mi no me haces tarugo, chamaco. Vienes para que te diga qué cosa con mis flacas.

- Don Felipe, usted me dijo ayer que algún día me diría cómo hace la tinta.

- Nunca dije que fuese hoy o mañana, ni pasado ni la semana que viene. Eso, te lo dije ayer, me lo reservo yo.

- Pero es algo curioso. ¿Cómo puede reservarse eso?

- Es mi trabajo, chamaco. Los artistas somos celosos. Tenemos nuestros trucos para hacer llamar la atención. No todo lo podemos compartir con la gente, más que lo que está hecho.

Daniel calló un segundo. Miró con cierto recelo aquellas figuras que adornaban el patio, nuevamente. Después, contempló al viejo, y le habló.

- Está bien. ¿Cuánto quiere por dejarme ver su trabajo?

Don Felipe se carcajeó en su cara.

- Estás loco – dijo el viejo con la risa en la boca - Eso no se vende. Ni con dinero comprarías lo que hago.

- Entonces – preguntó el joven, desesperado – ¿cómo hago para que me deje ver?

- ¿En serio quieres ver?

- Pues sí.

- ¿Para qué?

- Porque tengo curiosidad.

Fue en este punto donde Don Felipe le miró con suma atención. Su semblante pareció cambiar en un segundo; le miraba con ojos que brillaban.

- La curiosidad es mala – le dijo.- La curiosidad mató al gato.

Tomó el comentario sin precedente alguno. Pero el brillo en los ojos del viejo le incomodó.

- Como sea – replicó – encontraré la forma de ver cómo lo hace.

- Cuando no esté en mi casa, y si por casualidad se me olvidase cerrar mi puerta, puede que sí. Ahora, ve a ver las calaveras porque ya casi cierro mi puerta.

- Buenas noches.

Daniel se alejó un poco molesto. El viejo se había excedido con la burla. Se detuvo en frente de la “magdalena” a la que le veían las enaguas, y percibió la pintura de nuevo. Sin embargo, notó ahora algo que le hizo dudar cierto momento del sarcasmo de la obra. Miró con atención los ojos y el contorno de los dientes. Parecía el latente y apagado llamado de la desgracia. Un olor casi imperceptible llegó a sus narices. Retrocedió por la impresión del hedor que había inhalado. Pensó, primero, que era el exceso del colorante misterioso que elaboraba Don Felipe, y quizá colocó demás algún elemento. Lo cierto es que aquel olor pertenecía a algo pútrido.

V

La curiosidad de Daniel no soportó más. Después de abandonar el recinto de Don Felipe, procedió a quedarse cerca de ahí, fuese como fuere, para apreciar de cerca la elaboración del trabajo mismo. Se dirigió hacia el kiosco, donde algunas personas todavía bailaban el ritmo del danzón, y permaneció al lado de las bocinas. Cuando todo acabó, la gente comenzaba a retirarse para presenciar el cementerio que sería iluminado con veladoras que la gente misma llevaría. Sería una peregrinación hacia el panteón, donde todos cantarían las canciones de muertos que están arraigadas de costumbre. Sería la ocasión, se dijo, para echarle un vistazo a lo que Don Felipe guardaba celosamente en su armario o donde fuese que lo escondiera.

La gente se juntó casi a media noche. Juntos todos, guiados por el jefe de la comunidad, comenzaron el trayecto hacia el camposanto. Apreciado desde el monte de los augurios nocturnos, parecía la mismísima procesión de los muertos. Daniel aguardó, escondido debajo de las escaleras del kiosco, a que la gente terminara de pasar. Se escondió por si Don Felipe lo llegase a ver, y así llevar a cabo su plan. Por fin, cuando el pueblo se congregó en el camino que llevaba a su cementerio, Daniel corrió hacia la calle donde una hora antes estaban las calaveras. Contempló el patio vacío, y el sentimiento de soledad y misterio le invadieron profundamente. Las flores de cempasúchil se mecían suavemente con el frío viento que pasaba. No importaba mucho, se dijo, mientras obtuviese lo que quería. Miró con detenimiento a su alrededor por si algún vecino estuviera viendo. Ningún alma en la calle. Este pensamiento le provocó risa, pues era la festividad de los muertos.

Forcejeó la reja, y cuál fue su sorpresa al encontrarse que estaba abierta. Con sigilo y deprisa, la abrió y se metió, cerrando con cautela la entrada. Intentó lo mismo con la entrada principal, pero ésta no cedió. Pensó un poco. Rodeó la casa y se encontró con la grata sorpresa de que la puerta estaba entreabierta. Esto último le vino con un presentimiento. Quizá fue intencional para que Don Felipe le viera entrar y le acusara de allanamiento a la propiedad. Con cautela se fijó por las ventanas si alguien se movía en la casa. Nadie. Aparentemente, el viejo se había ido al panteón con prisa, pues había olvidado cerrar la puerta. Daniel entró a la casa.

Al momento de quedar en el aposento, la luz que iluminaba le reflejó la cocina cotidiana del pueblo. Vio la olla de café puesta en la lumbre y el comal a un lado. La mesa estaba limpia, y los trastes ordenados. Al parecer el hombre tomaba mucha importancia a su hogar. Caminó con curiosidad hacia donde se encontraba la puerta de un cuarto oscuro. Prendió la luz y miró la recámara de Don Felipe. La cama estaba destendida y la ropa tirada en el suelo. Un libro con dibujos explícitos sobre la artesanía folklórica descansaba en la cabecera de su cama. Todo estaba tranquilo. Un ruido lo distrajo con mucho temor. Pronto vio que había un gato que lo miraba con curiosidad; luego, se alejó. Por un momento había pensado que, tal como lo presintió, Don Felipe le tendió una trampa. Sin embargo, no había encontrado más que un libro cuyo contenido, a pesar de ser un compendio excelente sobre el manejo y la creación de las artesanías, no explicaba el origen de tal impresión en las personas. Eso era una cuestión de estilo, pensó, pero era uno muy peculiar que residía no sólo en la originalidad del viejo, sino en lo que usaba para hacerlo ver así. Desilusionado, determinó salirse de la casa, habiendo creído que el viejo, si quizá no era su intención sorprenderle husmeando en su casa, había guardado perfectamente lo que el joven buscaba. Fue cuando un reflejo de luz le hizo voltear a una puerta, vista desde el cuarto, contigua a la sala de estar y la cocina, que no había percibido antes. Salió del cuarto con cierta prisa y lo cerró como si no hubiese estado ahí. Miró hacia la cocina y entró en la sala. Contempló los alebrijes que también Don Felipe había hecho, y finalmente, la puerta, cuyo semblante era una máscara de papel maché. Abrió con sigilo, rechinó la puerta, y la dejó abierta.

Unas escaleras descendientes le llevaron a un cuarto oscuro. Con temor a caerse, busco a tientas los escalones para que le orillaran al piso. Cuando estuvo seguro, buscó en la pared el interruptor de la luz, que inmediatamente iluminó de forma tenue y rojiza la estancia amplia y acomodada. Aparecieron objetos peculiares dentro del cuarto. Fijó su vista en los materiales amontonados que descansaban en un escritorio grande. Había encontrado el lugar donde Don Felipe trabajaba Vio también algunos bocetos hechos a lápiz y pluma que representaban el telón y la mayoría de sus calaveras; apreció en varios lugares los materiales para la elaboración del papel maché; algunas calaveras estaban amontonadas, todas ellas sin pintar y algunas en otro rincón puesto que estaban rotas. Pero en ningún lugar se encontraba la pintura que tanto le había causado aflicción. Creyó, como en la recámara del viejo, que había sido en vano la búsqueda de su tinta. “Pinche viejo” pensó. “Ese cabrón lo escondió muy bien”.

Caminó hacia las escaleras y tropezó con la manta que cubría el escritorio. El estruendo fue enorme dentro del cuarto. Los materiales cayeron al suelo, manchando las ropas de blanco del joven citadino. Sin embargo, cuando el mantel terminó de caerse, dejó a la vista unos jarrones que en las orillas tenían impregnado color. Se acercó a observarlos detenidamente, y reconoció aquel fétido olor casi imperceptible. Sonrió. Había encontrado la tinta.

Destapó el frasco, y el hedor se hizo insoportable. Dejó caer el jarrón, haciendo que se rompiera. El sonido del jarrón hizo que el joven se sobresaltara, pues temía llamar la atención de Don Felipe. Pero se fijó atentamente hacia lo que en unos momentos antes estaba dentro del recipiente. No podía explicarse lo que se hallaba ahí, pero un temor vago le inundó el corazón cuando acercó su nariz y palpó el líquido, que con la luz rojiza no podía distinguir su color. No bastaron unos segundos para comprender lo que era. El líquido era viscoso, y manchó con curiosidad sus dedos.

Daniel se llevó la mano a la boca para evitar gritar. Ahora sabía lo que contenía aquel putrefacto recipiente que acababa de romper. Durante todo el tiempo que había tratado de analizar la extraña tinta, jamás imaginó que aquello hubiese sido creado por alguna ponzoñosa y enfermiza mente. Ahora lo comprendía perfectamente. La tinta era peculiar y curiosa, porque su color rojizo le hacía sentir a la gente, mediante el hedor, de presenciar la misma muerte. Daniel había palpado sangre fresca.

Fue su mismo horror y confusión lo que le impidieron escuchar los pasos lentos y pesados del macabro Don Felipe, que cargaba un hacha en sus manos. El viejo le miró con cautela, y cuando contempló su rostro a punto de gritar, dejó caer su arma sobre la cabeza del muchacho.

Afuera, los vecinos regresaban del camposanto, entonando canciones de los muertos. Para los muertos. Jamás escucharon el grito ahogado del hombre citadino.

VI

La última noche del carnaval fue especial. No había espectáculos pirotécnicos, pero siempre estaba la música. Los niños nunca dejaron de correr y jugar alrededor de las ofrendas, y los adultos bailaban diferentes sones de música popular y folklórica. Los papeles picados seguían adornando al pueblo alegre y feliz por la visita de sus difuntos. Ahora era la hora de despedirlos del pueblo. La misa fue dedicada con especial fervor hacia los que ya no están en la tierra y que gozan en el cielo o sufren en el infierno. El pueblo se vio poblado de colores alegremente fúnebres, pues la muerte no siempre es negra; a veces viste colores elegantes y finos.

Las calles ofrecían distintos panoramas alegres y enormemente gratos para los visitantes que miraban asombrados las costumbres de un pueblo tan singular. Las flores, como prediciendo el adiós de las almas en pena, se deshojaban entre la multitud que no prestaba atención.

Don Felipe González había trabajado toda la noche en sus flacas del telón. La gente seguía inundando, ese día más que nunca, el patio del señor que causaba controversias por el manejo de un estilo tan peculiar. Había una catrina que parecía estar llorando, pero realmente sonreía de forma tétrica.; un emperador azteca se erguía, empuñando un arma de jade y el emblema del señor Mictlantecuhtli en su escudo; el presidente y su constitución en la mano con una araña; y la principal, la del telón, era la escenificación de una calavera que, habiendo abierto la puerta de un cuarto, fue decapitada por un arma que colgaba del techo. La gente reía con la cita que el mismo Don Felipe había escrito al pie del telón. Era completamente cierto, y lo había comprobado.

“La curiosidad mató al gato”

Autor: Diego Alan Vilchis Rocha

Sunday, July 08, 2007

Del humo en el espejo

Prólogo y apertura del primer proyecto en construcción.

Es quizá la necesidad de repercutir sobre Los Primeros que Gobernaron Sobre Nosotros, cuyos ojos de jade vigilan el inframundo nocturno, para plasmar, más allá de su faceta gloriosa, el temor y la incertidumbre de Aquellos por quienes morimos...

Buenas noches.


Del humo en el espejo...

Premisa del Cuarto de las Tinieblas

"Soñaba mil curiosidades entrelazadas en las venas de una lagartija. Miraba hacia el cielo nocturno, contemplando su grandeza y esplendor empañado con la luna empedernida. Las miles de luces suspendidas en el firmamento pertenecían a aquellos que deparan el otro lado de la vida: la muerte. Como sus llantos entrando a la decadencia eterna, orillados por la negrura de la incertidumbre y sus temores perpetuos.
A mi alrededor, el canto de aquellos cuyas voluntades se pretendían a las sombras. Sus rostros estaban perdidos en la inmersa noche de su alma, de su corazón y su mente, iluminados por las antorchas que permitían desfigurar el trémulo de su mirada, para convertirlo en los ojos de los demonios. Aquel templo, oculto entre la extensión de una selva tosca, se encontraba en el descenso del risco, como esperando a la adversidad de la luz para dejarse ver de las hojas que lo cubrían. Sentí la gran aversión a lo misterioso que se encontrase detrás de aquellas paredes viejas, adornadas con un color rojo inusual.
Los cantos seguían elevando sus plegarias a la oscuridad.
El mismo viento susurraba palabras que los cánticos adornaban con su tranquilidad macabra. Yo, acostado en medio de la multitud que llenaba el patio central, fijaba mi mirada hacia la puerta que conducía hacia el cuarto principal. Levantaba la mirada hacia el portal. Las voces se habían apagado, pues nadie cantaba. Solo el viento, emitiendo esa intranquilidad que me estremecía. Caminé hacia la habitación admirando los detalles del cuarto contiguo. Ahí mismo percibí el olor a copal que inundaba el recinto viejo. Las paredes contenían pasajes sobre la miseria y la desolación de un lugar que parece inexistente. Pero lo que aterra de ellas, es que al mirar los rostros de miedo, el mismo sentimiento prevalece incrustado en el corazón.
Un destello apartó mi visión de los vencidos, dándome el panorama de un espejo grisáceo y etéreo, aquel cuyos reflejos de la luna eran sombríos y de un tono enigmático, al igual que hipnótico. Atendí a mi figura en la reflexión de imágenes, y me contemplé en la soledad del cuarto. Abstracto, parecía contemplar las imágenes de un libro cuyo pensamiento era dirigido a lo preternatural.
Fue ahí, cuando de la nada, un hombre, cuyo rostro se ocultaba detrás del velo filoso del jade, miraba atentamente hacía mí.
Contemplé la extraña figura de vestiduras enmohecidas y sucias que caminaba hacia donde yo. Estremecí por completo ante su presencia.
Parado ante el espejo, veía el tétrico caminar de aquel ser que se aproximaba hacia mí. El espejo pareció difuminar las imágenes y transformarlas a través del tiempo y el espacio. Mi rostro era el de un muerto.
Retrocedí ante la imagen hórrida de aquel infame objeto, cuando volteé hacia atrás. Él, enfrente de mí, mirando a través de sus ojos frívolos de jade. Comprendí entonces que me encontraba ante la presencia de algo proveniente de las tinieblas. Desenfundó su puñal de obsidiana, y con su mano, apartó lentamente la máscara que lo cubría. Mi alma se hundió en el terror de la comprensión inhumana. Su rostro pertenecía a las mismas sombras.
Era él la noche, la oscuridad. La penumbra.
Alzó su arma, y cerré los ojos.
La luna sollozó, y se tiñó de rojo..."


Autor: Diego Alan Vilchis Rocha.

Thursday, June 07, 2007

Porque tus ojos lloran sangre...

Uno de los proyectos en construcción. Serie de cuentos que tienen temáticas relativas, aunque distintas. A ver qué tal.
Buenas tardes
Preludio a los estigmas de la muerte


Primer encuentro:
Porque tus ojos lloran sangre…



Había veces en que Mirna miraba el vacío interno que padecía. Y ahí, en la profundidad de su alma negra, veía ojos rojos que la atormentaban durante las noches de silencio y soledad en su cuarto. Y cuando profanaba el velo con un grito, la tranquilidad de su cuarto le devolvía el reflejo de sus facciones finas y pálidas. Mirna se sentaba frente a su espejo, despejaba su cabello largo de su frente y volvía a mirar a esos ojos que a veces parecían decirle cosas interesantes, y que muchas veces se limitaban a contemplarla desde ahí dentro. Lo que es cierto, y que siempre sucedía, eran aquellas cosas que veía con pulcritud y serenidad en las pupilas de su engendro. Miraba a veces lo que ella entendía por un teatro. El teatro de la tragedia. Ahí dentro, los hombres devoraban la carroña de otros que habían caído. Otras veces los demonios cantaban odas en orgías hacia la bestia que les vigilaba con gran anhelo. Y la perpetuidad de la noche se transformaba en la oscuridad que siempre mitigaba los paisajes profanos de su alma. Su alma negra. Y cuando despertaba de sus sueños hórridos, miraba el espejo de nueva cuenta. Sonreía, y lo hacía por mera satisfacción de haber despertado. Pero siempre con el anhelo de ver nuevamente esos ojos, que si la intimidaban, también le atraían.

Los cuadros de ella figuraban en las paredes de su cuarto, adornando la soledad con un poco de negrura. Y en medio ella pintaba lo que veía siempre. Mirna lloraba por dentro, porque cada pincelada que daba a su óleo no sólo era la visión de un sueño turbulento, sino la expresión de su alma que vomitaba bilis negra. Y había veces en que parecía no responder a ningún estímulo de sus reacciones emocionales. Como si muriese cada vez que el rojo amanecer de su teatro levantara el telón de la desgracia y la enfermedad. Palidecía y se quedaba quieta, espectando lo que plasmaba en el cuadro. A veces miraba su sepulcro.

“Muerta…” le decían los espectros de su mente.

Minerva le acarició el rostro con aquella sonrisa extraña. Tan extraña como su semblante severo.

- Descansa – le dijo, suavemente. - Ya has sufrido bastante por hoy.
- No sé – replicó Mirna. - A veces parece que no acaba.

Ambas se miraron mutuamente, y ambas estaban perdidas en sí mismas. Pero Minerva parecía aún más ausente, como si nunca hubiera estado ahí todo el tiempo. Tanta ausencia como esa tranquilidad fúnebre que inquietaba a Mirna.
Dormía, y volvía a ver aquellos espectros que susurraban su nombre mientras seducían su sueño para ahogarlo en espantosos gritos que, al final de la travesía, quedarían como resaca para luego ser pintados como exposición de los dolores de ella. Y Minerva, en el centro del holocausto, siempre sonreía tan tranquila que daba la impresión de estarse burlando, como si supiese lo que existe, e inclusive, estarlo provocando.

El amanecer irrumpía con la negrura de las pinturas, dejándolas expuestas a la claridad de la pupila rutinaria. La ventana filtraba la luz pálida que iluminaba los rincones del cuarto triste, devolviéndole la vida que la noche le quitaba. Aunque parecía siempre estar muerto. Mirna despertaba en el letargo de su tranquilidad melancólica. Minerva se había ido, como siempre había hecho. Y los estigmas de la noche anterior dejaban a la deriva aquel sabor amargo que nunca había podido explicarse. Pero siempre terminaba dándoles forma en sus retratos. Siempre terminaba bañada en lágrimas. En sangre.

Era la serenidad de Mirna la que otorgaba a los cuadros el aspecto sepulcral de sus creaciones internas. Detallaba las facciones de sus almas perdidas, impregnando de horror sus rostros al mirar, en lo alto del torrente y el cataclismo, descender a los ángeles que morían, y los demonios que cantaban alabando la oscuridad. Hablaban a veces a través del pincel, y decían oraciones que sólo Mirna entendía con exactitud. Minerva veía desde atrás, en donde Mirna nunca podía ver desde donde llegaba, pero siempre sabía que estaría ahí durante su estancia con los muertos que eran viento y polvo. Minerva parecía muerta.

- Entiendo siempre cosas que tú no – repetía cada vez que Mirna sollozaba en silencio. – Entiendo tu sigilo y tu llanto.

Y ambas volvían a mirarse para ver lo vacías que estaban. Observaban la deformidad de sus pupilas y las curvaturas de la noche, pues la oscuridad era un misterio de curvas y líneas. Y Minerva parecía pertenecer a ese vacío de donde llamaban las voces perdidas y los demonios que danzaban alrededor de las almas perdidas que morían al ser incineradas. Minerva parecía comprender, sentada al lado de la bestia, lo que evocaban aquellas visiones.

Fue entonces cuando vio en ella, muy dentro, los ojos rojos que le hablaban en susurros. Aquellos ojos que le seducían y le aterraban. Los mismos que le miraban para dejarle retratar a las almas que caían al abismo.

Dejó de verla para entonces caerse en su propia cama y perderse en su sueño.

Minerva le hablaba en susurros mientras su mano acariciaba suavemente su rostro. Estaba fría. “Muerta…” pensó, o quizá fueron los espectros que su interior alojaba quienes le dijeron. Parecían tener razón.

- Yo entiendo tu sufrimiento, – le dijo. – y es por eso que aliviaré tu dolor. Prometo que hoy será la última vez que llores ante los retratos.

Mirna abrió los ojos y su estancia estaba vacía. El reflejo de la luna pálida le iluminaba el rostro a través del espejo en su cuarto. Algunas hojas caían del árbol viejo que se encontraba afuera, mientras el viento era tenue y soplaba tranquilo. Miró al espejo y a las sombras que se proyectaban en la negrura del cuarto. Se acercaba lentamente, mientras su piel aparecía conforme la luz lunar le dejaba mirarse. Encontró sus ojos en el espejo, y el rostro de Minerva se hizo presente en un recuerdo vivo.

Recordó sus facciones mientras la pintaba en el lienzo. Por momentos daba la apariencia de estar situada en el mismo holocausto que aquellas ánimas que se perdían. Su mirada, aunque distraída, parecía reflejar el dolor de Mirna mientras vociferaba oraciones con los espectros. Los ojos, naturalmente, quedaban encerrados en el carmín de la noche y la otredad en un silencio funesto. Así, el rostro quedaba empedernido ante la luna que seguía iluminando la estancia con su palidez. De nueva cuenta, su presencia quedaba a la deriva entre esos lugares donde el torrente y el cataclismo desbordaban sus figuras y se perfilaban a romper en un llanto. Minerva parecía estar en un cementerio de ángeles y demonios.
Mirna miró el retrato de ella, y suspiró al contemplarla en la oscuridad de su cuarto. Recordó su tacto frío y su sonrisa extraña. Un suspiro se escapó de su interior, mientras una lágrima corría por su rostro. Miró el espejo que reflejaba sus facciones tenues, mientras contemplaba triste el lienzo que había pintado. Palideció.

Un grito rompió el velo de silencio y quietud que abundaban.

Mirna contempló atónita lo que sus ojos observaban, con lágrimas en el rostro. Minerva había estado en el espejo todo el tiempo, mientras pintaba con delicadeza aquellos ojos rojos que le consolaban durante las noches en que vomitaba la bilis negra, dejándola carcomer su interior hasta hacerlo estremecer de dolor. Mirna pintaba y Minerva observaba atenta a lo que hacía, mirando siempre en la misma dirección que ella.

“Deja de llorar” le dijo el estigma de su mente. Mirna dejó de sollozar, limpiando sus lágrimas. Contempló por última vez el lienzo y su espejo. No distaban de ser iguales. Reprimió el llanto que le aquejaba y las lágrimas que seguían fluyendo del interior de su alma.
Tocó con delicadeza sus pómulos húmedos, mientras cerraba delicadamente sus ojos. Sintió el palpitar de su corazón, mientras sus dedos tocaban delicadamente los párpados. Presionó para sentirlos reprimir destellos brillantes.

“¡Deja de llorar!” le gritó el espectro de su mente. Y Mirna vio los ojos de Minerva, aquellos ojos rojos viendo a través de su alma y su esencia. Y aunque le causaban cierto temor, también le fascinaba el destello de imágenes que corrían por sus pupilas.

“Si” se dijo a sí misma, a los espectros y estigmas de su mente, y hundió sus uñas en las cuencas de sus ojos.

A lo lejos, en el silencio de la noche, un grito dejó escucharse en el sepulcro del cementerio de sombras que corrían por los árboles, mientras las aves volaban espantadas. El cuarto era iluminado por una luz rojiza que la luna emanaba de su interior, como si sangrara. Mirna, con sus lágrimas en las manos, pintaba de rojo, aunque sin intención, el retrato que había de Minerva al recordarla, antes de observarla a través del espejo.

Se había retratado a sí misma.

Minerva era la proyección etérea de su interior. Era el reflejo de su semblante que estaba muerto, y le rozaba delicadamente su rostro con frivolidad y tranquilidad tenue. Mortuoria.
Minerva había muerto, y por eso perecía en la ausencia de Mirna.

Ahora Mirna había arrancado su dolor del alma, y con el, sus ojos. Se había nublado la vista para no sufrir al vomitar los espectros que su mente pronunciaba, y quienes le robaban la vida, desangrándola.

Había llorado sangre por el dolor que sus retratos cargaban cuando los sentenciaba a plasmarse en el lienzo del holocausto.

Lloraba sangre porque era difícil dejar de llorar.

De sufrir.
Autor: Diego Alan Vilchis Rocha

Thursday, May 17, 2007

Pero el tiempo nunca quizo regresar...

Posiblemente las proyecciones de mi mente se reflejan al costado de una estrepitosa ventizca de recuerdos que no atormentan, pero dejan el velo de la nostalgia a la deriva de mi esencia...

Hace ya unos días que la reflexión salió a suspenderse en el eco del mismo tiempo...
Y que, independientemente que retorne o no, las letras quedan ahí.

La frase, del libro. El texto es mío.
Buenas noches....



Pero el tiempo nunca quiso regresar...

La Música de los Vampiros
Poppy. Z. Brite.

Aquellos segundos perdidos en la indiferencia de las miradas me hizo pensar en formas extravagantes, inocuas pero completamente elocuentes cuando mi rostro fue develado por encima de aquellas cienes que observaban curiosas ante mis estremecimientos.
No pude imaginar de nueva cuenta la corruptibilidad de mi inocencia, proliferada por el augirio de una noche que se esfumó, aunque en la oscuridad, por velo de la incertidumbre en palabras que despejan la memoria con susurros... Mi corazón se partió cuando profané el paso hacia aquello que no conocía, y sin embargo, logré tocar porque las puertas se abrieron ante mí de manera súbita. Me llamaron y me encrucijaron entre la espeza comisura de una cama abandonada, pero tan cálida como el eco que lo acompañaba.Alguien robo parte de mi alma esa noche en la que las comisuras de un bordado se rompieron con el silencio que gime profundo. Respiré, entrecortado por visiones de memorias acurrucadas en mis brazos, y sentí que la necesidad me llevó a desesperar mi ansia y corroborar mi ansia temerosa de tocar lo intocable.

No sé...

Me esforcé por mantener abierta la sonrisa ante el panorama incógnito de dos figuras fundidas entre sí. Y ante la espectativa de perdurar así por un tiempo indefinido, me quedé con la memoria que me sigue estremeciendo al recordar que lo inpensable siempre sucede...

Pero el tiempo nunca quiso regresar...

Y no sé si regrese...

Autor: Diego Alan Vilchis Rocha